Fragmento de Hogar / Fragment of home

Spanish below.

Forced displacement does not always involve crossing borders; it often occurs within the country itself, crossing invisible lines of exclusion, repression, and uprooting. In Socio Vivienda II, one of the most marginalized neighborhoods in Guayaquil, the city is now the second most dangerous in Latin America, with a homicide rate of 88.4 per 100,000 inhabitants. Ecuador, for its part, is the most violent country in the region, leading the homicide figures with 38 per 100,000 inhabitants, according to the 2024 Insight Crime report. This crisis is closely linked to the growing presence and dispute between organized criminal groups, drug trafficking, and an insufficient state response.

Since Ecuador was declared to be in a state of “internal armed conflict” in 2023, militarization has intensified. Violent operations in low-income neighborhoods include warrantless raids, arbitrary detentions, and acts of institutional violence that disproportionately affect young people and racialized communities. Entire families are forced to leave their homes to protect themselves, facing family fragmentation, loss of identity, and precariousness that is visible at every turn. The home is no longer a safe place; it has become a symbol of state abandonment and the vulnerability of fundamental rights. In each family we portray in this essay, at least one member has suffered the consequences of these incursions, both at the hands of the military and organized criminal groups (OCGs).

This institutional violence hits racialized bodies and historically marginalized communities the hardest. Poverty, which prevents families from relocating together, exacerbates the breakdown of emotional ties: scattered children, single mothers, broken bonds. Thus, the home ceases to be a refuge and becomes a living testimony to the structural abandonment that permeates today’s society.

El desplazamiento forzado no siempre implica cruzar fronteras; muchas veces ocurre dentro del propio país, atravesando líneas invisibles de exclusión, represión y desarraigo. En Socio Vivienda II, uno de los barrios más marginados de Guayaquil, la ciudad que hoy es la segunda más peligrosa de Latinoamérica, con una tasa de homicidios de 88.4 por cada 100,000 habitantes. Ecuador, por su parte, es el país más violento de la región, liderando las cifras de homicidios con 38 por cada 100,000 habitantes, según el informe Insight Crime de 2024. Esta crisis está estrechamente ligada a la creciente presencia y disputa entre grupos delincuenciales organizados, el narcotráfico y una respuesta estatal que resulta insuficiente.

Desde que Ecuador fue declarado en “conflicto armado interno” en 2023, la militarización se ha intensificado. Los operativos violentos en barrios populares incluyen allanamientos sin orden judicial, detenciones arbitrarias y actos de violencia institucional que golpean, sobre todo, a jóvenes y comunidades racializadas. Familias enteras se ven obligadas a dejar sus hogares para protegerse, enfrentando la fragmentación familiar, la pérdida de identidad y una precariedad que se hace visible en cada paso. El hogar, deja de ser un lugar seguro, se convierte en un símbolo de abandono estatal y de la vulnerabilidad de derechos fundamentales. En cada familia que retratamos en este ensayo, al menos un miembro ha sufrido las consecuencias de estas incursiones, tanto a manos de las fuerzas militares como de los Grupos Delincuenciales Organizados (GDOs).

Esta violencia institucional golpea con más fuerza a cuerpos racializados y a comunidades históricamente marginadas. La pobreza, que impide la reubicación familiar conjunta, agrava la fractura de los lazos afectivos: hijos dispersos, madres solas, vínculos rotos. Así, el hogar deja de ser un refugio para convertirse en un testimonio vivo del abandono estructural que atraviesa la sociedad actual.

Verónica Lombeida

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Ecuador

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